Al carísimo lector de Drácula

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La historia comenzó una helada noche, en un cine continuado, pasada la medianoche de la peatonal Lavalle. No era ninguna típica noche de clásicos porteños. Ni salí al reencuentro, mucho menos, de otro más típico café con la media naranja que me hiciera soñar con un alma gemela entre tanta soledad de gente. Ni tampoco del vermut en el billar con los típicos amigos para conversar de los libros de psicología que deberíamos leer y nunca leeríamos; o de nuestros furtivos cortejos a las patas de la mentira que deliberadamente el azar dejaba escapar rodando por el asfalto con algún exceso de insolente chamuyo; o de los viajes a los que nos aventuraríamos sin el crédito y el consentimiento de nadie, como viejos navegantes dueños siderales de los dominios lunares.

En esa noche invernal, deambulaba como casi todas las noches por el radio céntrico de aquella ciudad, en la primera época de mi paso por la universidad.

Estas caminatas nocturnas , por aquel tiempo consistían siempre en alguna búsqueda (luces rojas, bares, cigarrillos, o alguna que otra yerba). Y, en otras ocasiones, el deambular de un zombie que trasnocha tercamente.

Producto de esa búsqueda azarosa, terminé con los pies posados frente a un cartel de estreno, que recalaba en el último rincón de aquella metrópoli de sonámbulos y cinéfilos, donde la película o el estreno era“Drácula”, y la hora pasada la medianoche.

A esa hora, el título e incluso las pisadas que me llevaron a descubrirlo, me han seguido hasta ahora como las fábulas de vampiros que hasta el día de hoy también nos acompañan, y se fueron conmigo hasta el último rincón donde, todavía,pendía allí su última función.

Y como el estreno era Drácula, no iban a estrenar ningún Vampiro, eso si era seguro. Cualquiera que imaginase como en un día de semana, y en la última función de una sala despoblada se despedía Drácula, podría también imaginarse el estado de esta. Y así entonces, fui a buscarme ubicación entre las últimas butacas, para no sentir ni el adiós ni el suspiro del que tampoco debutaría hoy como vampiro.

Mientras la película rodaba y avanzaba la ficción, mi cabeza no volvió hacia atrás, sino que creo no haberla vuelto nunca más atrás del lugar donde bordeaba el límite de la ficción y la realidad.

Nunca me simpatizaron las segundas partes, tanto como el libro que leí primero y la película que vi después. No hubo ni un segundo libro ni otro Bram Stoker, y uno solo llamado Drácula, era rumano.

Vuelvo ahora nuevamente, después del intervalo con un pucho en la vereda, a sentarme en la penúltima fila observando el subtítulo que no estaba grabado ni escrito en ningún libro de Bram S., y que decía: “he viajado atravesando continentes, cruzando Océanos y mares, para llegar a Ti”.

Si el que estaba en la pantalla no era más Drácula, el que escribió textuales palabras tampoco podría nunca estar detrás mío. Podría quizá haber viajado más atrás pero no…

Años atrás estaba aquella historia mía, con textuales palabras que destellaban en paralelo una vulgar ironía del destino. La historia o el antecedente no era de un escritor ni de otro, no trataba de vampiros, era un asesino y se encargaba de cumplir la sentencia del tiempo a cualquiera de sus presas llegada la necesidad; podría ser su amada, no inmortal. Tal vez una sentencia que condenaba a los amantes a amarse o aniquilarse.

Este “amante” sentenciaba al amor desenterrándolo de todo tiempo, quizá hasta del más imperecedero si hiciera falta también.

El amor sentenció a Drácula, para que se lo debieran por toda la eternidad y se lo apropiara drenándole la sangre a sus “deudores “, trasmutando la virtud en pecado, el recato en lascivia y el paraíso perdido de sus doncellas en el poder de las tinieblas.

Quizá, no fuera un amante más mezquino que el otro, ni menos romántico tampoco. Pero pudo nuestro predecesor haber exagerado un poco esa nota, y servirse del anhelo vampírico de un mito, como para contrariarlo y hacer perecer toda pulsion de eternidad.

La mentada historia, ya en este tramo, sellaba mis últimos pasos, quizás, los primeros que di cuando solo desembarqué como un estudiante más del interior. Podría haber un escritor a medio concluir ahora, y muchas cosas mías más aún a esa edad, mi adolescencia y todo lo que estuviera transitando, junto con mis hormonas que nunca viajaron, solo cambiaron algo de mí alguna vez.

Y si había allí un escritor , o “medio impostor”, ya había textuales palabras que vio por ahí y que no podía encontrar a mitad de camino de morir, si tuviera la necesidad, o de acabar la historia. No de finalizarla a medias.

El secreto más íntimo y custodiado, guardado bajo tres candados, entre las tres dimensiones que allí hubieran entre vivos, muertos y vampiros, se tratase de una confesión, o de un secreto, no podía ser menos que profanado tratándose de algún vampiro, o quizá de un conde.

De profanadores se podía haber escuchado historias, también de impostores. En ambos casos, solo la podían contar escritores aunque hablaran simplemente de ladrones.

Drácula era todavía hoy más joven y maduro. Y maduró un lector más joven aún, del estudiante que dejó todos sus cuentos a mitad de camino y en su regreso los llevó todos a la basura.

Y sembró en mi un alma longeva e inmortal; el resto es o será nada más que la biografía de un escritor o de ese escritor que nunca fui.

Adolfo N. Scatena

25/01/2013

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