Dueños de lo profundo

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Como todas las noches, y aquella no debía  ser distinta a las demás, él  esperó  a que Lucía avisara con un mensaje, cuando sus padres se retiraran a descansar, y ella a su habitación del fondo para que Amadeo pasara sin ser advertido por los demás.

Aquella era la noche de su consagración. Al fin le habían dado un contrato para editar su novela, y ella daría su consentimiento de blanquear la relación con sus padres.

Eran más de las diez de la noche y todavía seguía esperando en la esquina de su casa a que su celular sonara, y nada… ni una sola señal.

  • Hace dos años que me vendiste la promesa del escritor prodigio, y tu novela espera tanto como yo poder salir a la luz- Dijo Lucía la noche anterior ,y agregó- He resistido como una solterona incurable otras promesas también de un futuro próspero, solo por defender la condición de sobreviviente en una nube de palabras.

Al final, una hora después de una larga y agónica espera sonó el celular con un mensaje de Lucía: “Saben todo ya, se acabó. Cómo puedo ser la mujer de un hombre que se suicida por sus ideales”.

Amadeo se derrumbó. De que había servido haber sacrificado todo ese tiempo a alguien que cuando él sobrevivía a las miserias, mirando a través de los sueños un futuro más venturoso, y se iba animando al desafío, en el frente marchaba solo hacia el abismo de la locura. Deliraba, creía más en ella y en su fuerza, que en él mismo. “Ahora estoy vacío, ya no puedo tirar de la soga, se cortó antes de que la convenciera de que yo no soy una mentira” Se lamentaba.

Amadeo arrancó su auto, y aceleró muy rápido. El ruido de los neumáticos alertó a Lucía y le hizo pensar en él: “¿Y ahora que hará? No tiene más en su vida que un puñado de quimeras para convencer a alguien que, por amor, entregue su corazón a un indomable jinete espoleando sus sueños sin enlazarlo hacia ningún destino justo.

Amadeo llegó a su departamento, buscó la botella que guardaba en su armario y la vació de un trago junto a un frasco de hipnóticos que tomó de su mesa de luz. Subió nuevamente a su auto con una pila de manuscritos, dentro de la misma carpeta que horas antes le habían devuelto en la editorial.

  • Usted nos dijo que no está terminada su historia. Eso tiene un doble compromiso, para usted y para nosotros. Si su compromiso de terminarla está, nuestra palabra también- Amadeo sabía que no la habían leído. Que parte del conflicto lo atravesaba a él mismo como autor, y al lector si existiera. Y así concluía la ficción, eso era para él, el sentido de escribir una buena historia. Que el resultado debía ser la transformación de la realidad de quien la leyera, y si no era así… la historia no valía absolutamente nada.

Ahora su auto surcaba el pavimento y las luces de los semáforos, sin perder la dirección y la aceleración. Una sola meta, una sola idea; un sí y un no en su carrera hacia la muerte. “Si no se molestaron en leerme ahora, ya no se molesten después”. Recordaba las palabras del poeta.

  • Amadeo te amo – Estallaron sus palabras en su corazón y estrelló con esas palabras, el auto y a él mismo contra el árbol donde sus sueños encontraban  por primera vez una dueña.

Su auto se quemó integro frente a la casa de Lucía. Los bomberos retiraron sus restos juntos a los del manuscrito que llevaba con él, y donde por título se podía leer entre las cenizas que cubrían la tapa: “Dueños de lo Profundo”.

 

Adolfo N. Scatena

04/12/2016

 

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