Nuestro Credo

Nuestro Credo

            Estimados lectores: Hoy la Musa me ha hablado al oído. ¡Si!, aquella que tantas aventuras y desventuras ha inspirado en mi corazón, me ha hablado frente a frente.

            Esto no ha sido tan simple como el hecho de confundirla entre tantas otras, así que déjenme contarles.

            Hace unos años, a mi regreso de la capital, decidido a deshacerme de todo manuscrito que encontrase a mi alcance, fui hasta el cesto de la basura del edificio de cuatro plantas que habito con mi madre y tiré todo allí.

            Para asegurarme de que mi cometido saliera a la perfección, me asomé desde el balcón y perplejo, contemplé como un muchacho hurgaba sigilosa y selectivamente entre todo el manojo de papeles.

            Rápidamente bajé dos pisos y esperé a que el muchacho se fuera con el resto de sus papeles para después; observar que los iba leyendo.

            Pasado este tiempo, tomé los demás manuscritos que había dejado en la basura, y fui hasta el canal principal de riego que tiene nuestra ciudad, y atraviesa todo el centro de la misma sin advertir antes que por esta época en otoño ya no habría caudal de agua en el recinto. De todas maneras, dude, dejarlo todo allí; estaba más lejos de que algún otro intruso pudiera identificarme. Así que allí los deposité.

            Unos días después mi madre convalecía adolorida de una enfermedad en el hígado, interminable, así que imagínense, el ambiente como era de esperar no era  el del todo más alegre.

            Cuando entonces suena el teléfono:

  • Hola, ¿hablo con Heber Moreno? – Habló una mujer.
  • Si.
  • Del Rivero?
  • Sí, sí el mismo-ahora falta que empiece a ofrecerme una encuesta, supuse.
  • Le llamo, miré, para preguntarle si fue usted quien arrojó unos manojos de papeles al canal de riego, porque yo los tengo, ahora y si ya no le interesa me los quisiera quedar. Si le resulta conveniente y me disculpa el atrevimiento.
  • Vale si, puedes quedártelos – Respondí con frialdad.

Vale decir también que desde aquel momento hasta hoy no he podido olvidar aquella historia. Solo lo que pude hasta ahora recordar.

            Hasta que hoy por la noche, unos años después fui a la disco como siempre después de las cinco. Dado que en ese momento es cuando hay un movimiento de gente que sale y que entra. Y también el seco instante de ligar, un par de minutos siquiera para rumbear alguna charla poco direccionada anqué mala intencionada.

            Y allí parado entre el tumulto una joven me dice:

  • Hola, ¿vos escribiste…? – Mientras ella hablaba empecé a sentirme confundido, algo turbado por aquella voz que ya por entonces empezaba a resultarme familiar (además de aquella profana alegoría textual del manuscrito).
  • ¿Podemos tomarnos un café? –  Fue en mi primera reacción la última intención de arrendarme la cita con esa muchacha en ese pálido gesto de arrobe todo afable de caballero.
  • Adiós peeeero tengo que irme justo ahora – Dijo ella.

Así es estimados lectores, desde aquella adolescencia a ahora, donde todo lo escrito echaba por tierra el receptor, tanto como lo destruía, y lo dejaba por rehacer, hasta ahora, no he encontrado motivo más feliz, ni  más puro, y lleno de belleza, para afirmar en mi mano el motivo para encontrar la fuerza o el oprobio para llevar esa acogedora alma plena de ausencia y la cadencia dentro de este mundo literato, sin hacer imposible arrendar yo no una sola papirusa usa, una no tan lejos o tan cerca; pero eternamente y siempre  Musa y todo nuestro credo.

Adolfo Nicolás Scatena

17 / 09 / 15